Soy un dictador (como consumidor):
La dictadura del consumidor

Pocas cosas son tan hipócritas y responden a una doble moral como el comportamiento que tenemos como consumidores; recalco el “tenemos” (en primera persona), porque todos más allá de nuestra posición social, profesión o vocación, actuamos en la vida como consumidores. Incluso tenemos varios roles: consumimos en nuestro rol de padre de familia, de profesional, de aficionados a algún tema, en representación de otros, etc. Para cada uno de ellos modelamos y adaptamos nuestra pauta de consumo.
El consumir es uno de los hábitos que nos une como especie; tenemos la “necesidad” y el hábito de consumir introducido en nuestro ADN, va más allá de la circunstancia en la que nos encontramos. El entorno lo condiciona y modela, en ocasiones negativamente, en otras lo retrae o contiene; en cuanto podemos nos lanzamos a la espiral consumista. Solo unos pocos saben resistirse, muchos otros están expuestos y casi indefensos ante su fuerza.
Desconozco cuánto de “consumidores” somos en la programación de nuestro ADN, o cuánto de consumidores nos programa la presión social, publicitaria, política, etc. Lo que sí sé, es que pocas cosas hay más poderosas que “el deseo de consumir”; éste no entiende de fronteras, (es una gran arma para derribar muros políticos), es sensible al miedo y a la especulación (puede provocar grandes crisis difíciles de prever), y es una gran herramienta de colonización, unificación social y política.
Como consumidores actuamos con doble moral social: ¿Cuántos de nosotros dejaríamos de asistir a una manifestación contra el cierre de una planta de televisores vecina a nuestra ciudad que da trabajo a más de 300 conciudadanos?, seguramente muy pocos; pero… ¿Cuántos de nosotros mismos estamos dispuestos a pagar un euro más que el precio que cuesta el producto producido en Asia, por uno de los productos que fabrica la planta?
A los consumidores nos importa poco el valor real de las cosas; somos adictos al valor percibido de las mismas: ¿Hay alguien que compre su coche a través de una comparativa de precio y prestaciones reales?, ¿Es que solo los coches fabricados en Alemania son buenos?, o realmente a la que disponemos de un cierto poder adquisitivo nos importa poco el valor real de las cosas y pagamos por el valor percibido de las mismas perdiendo el valor de cambio real.
Los consumidores somos “Políticamente Incorrectos”: Muchos se escandalizan cuando una compañía de aviación “low cost” se instala en su ciudad, ¿han oído alguna vez a un político defenderlas?, pero cada vez volamos más con ellas. No entendemos de horarios ni de días festivos, tampoco de gremios ni de tradiciones en el momento de buscar la mejor oferta.
Como consumidores somos infieles por naturaleza a nuestros proveedores: Buscamos la sorpresa continua: Nos gusta que los productos y servicios nos sorprendan constantemente; la necesidad de sorpresa que tenemos es tan grande que es superior a la velocidad de la investigación para aportarnos soluciones reales. ¡Si no hay sorpresa, no hay compra!; aunque un producto o servicio siga siendo válido en su función, cambiaremos en busca de la sorpresa continua.
Para consumir, no creemos en verdades eternas: Creemos que vivimos en un mundo de nuevas necesidades y buscamos mediante respuestas de nuevas necesidades, soluciones a nuestros problemas de siempre. Provocamos que las empresas nos engañen con “falsos valores”, “con nuevas necesidades”, que frivolicen sus productos y entren en una espiral de banalización,de la que difícilmente se sale.
Los consumidores somos ciegos y nos autoengañamos: Por una ilusión dejamos que nos engañen, perdemos gran parte de nuestro raciocinio y nos esclavizamos. ¿Quién no tiene una vivienda adquirida a unos precios fijados en “la ganancia de una vida” en vez del coste industrial de la vivienda?; y… ¿que me dicen de nuestra salud y la búsqueda constante del precio más bajo de los productos de alimentación?
Frente a las preguntas de la industria, somos inmovilistas y tradicionales: Los consumidores somos un mal foco de innovación, somos eminentemente reactivos a la oferta que nos ofrece la industria; cuando ésta nos pregunta ¿Qué queremos o qué necesitamos?, nuestra filosofía se reduce al “bueno, bonito y barato”; como colectivo, carecemos de visión al cambio.
En resumen, como consumidores actuamos con una doble moral social, nos importa poco el valor real de las cosas y somos adictos al valor percibido de las mismas; nuestra actitud es “políticamente Incorrecta”, somos infieles por naturaleza en busca de la sorpresa continua. No creemos en verdades eternas, actuamos a ciegas, nos auto engañamos y somos inmovilistas y tradicionales.
En ocasiones, achacamos a la industria muchas de las problemáticas de consumo; pero, ¿cuántas de ellas se solucionarían si modificásemos nuestros hábitos?; Si realmente somos los que dictan las dinámicas de la industria, ¿Por qué lo hacemos tan alejados de nuestros intereses?, ¿no será que analizamos los problemas con la lente equivocada?. Estoy seguro que si lo hiciésemos, los primeros beneficiados seríamos nosotros y los segundos la industria.











Hola Antonio, dejame no estar de acuerdo totalmente con tu visión. Yo creo que en los últimos años, los consumidores hemos crecido en nuestro trabajo de saber elegir productos y empresas. Si que somos más egoístas, infieles y en ocasiones un poco déspotas. Pero al contrario que tu, creo que esa actitud es sana.
En todo caso yo me preguntaría, porqué la industria de productos y servicios sigue empeñada en no satisfacer no sólo las necesidades de los consumidores, sino también las experiencias de compras que deseamos?
Sinceramente yo creo que los que están llevandolo fatal, son los proveedores de servicios pequeños: farmacias, pequeñas tiendas de barrios que aún no se enteran que tu tienes el poder de decir no frente al maltrato, el abuso de precios, etc. Ni hablar de los bancos y la administración púbica.
Yo soy de las consumidores que cambia en un abrir y cerrar de ojos proveedores y marcas si no satisfacen mis necesidades y si no me responden en iguales condidiones. Y estoy orgullosa de ello. También lo estoy por supuesto de ser fiel hasta las ultimas consecuencias de quienes saben tratarme, aunque a veces los precios no me acompañen.
Si que estoy de acuerdo contigo en que aún nos falta educarnos como consumidores, pero también es entendible, teniendo en cuenta que desde hace relativamente poco tiempo,somos conscientes y tenemos la capacidad de hacer valer nuestros intereses.
“Educación para el consumo” debería ser de estudio obligatorio en CASA y en la ESCUELA.
Muy inspirador tu post. Felicidades por el blog.
Mariló