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Antoni Flores

Business Models

Las ventajas competitivas naturales

6 mayo, 2016

En el mundo empresarial y de las estrategias que lo conforman, siempre me ha fascinado el poder de atracción que emana todo aquello que proviene de los Estados Unidos.

Al igual que Hollywood ejerce una atracción sin límites en el cine internacional, marcando las directrices de lo que se debe y no debe de hacer, convirtiéndose en una herramienta y altavoz de propaganda y difusión de consignas, estilos de vida, políticas, etc.  Los Estados Unidos, sus escuelas de negocios y sus “gurús” económicos, ejercen una influencia en el mundo empresarial que va más allá de la pura excelencia de los contenidos y de la que a mi entender, el resto del mundo no es consciente de las consecuencias económicas  y generación de hábitos y prácticas que provoca.

La capacidad de difusión de conceptos económicos y profesionales, a través de un conglomerado de universidades, casos, artículos, revistas, conferenciantes, redes de opinión, etc. es cada vez más potente y estrucutrada. Transmiten al resto del mundo empresarial lo que es apropiado de lo que no es para competir. La mayoría de gestores dirigen sus empresas con una influencia y sesgo mucho mayor de lo que ellos mismos son capaces de reconocer.

Los beneficios de este “hollywood empresarial” son enormes, empezando por el claro e incuestionable liderazgo que le reconocemos al mismo. Conforma un conglomerado de ingresos y poder de influencia difícil de acotar y controlar. Particularmente me cuesta pensar que dicho liderazgo este fundamentado solo en la excelencia académica, del mismo modo que es difícil de creer que más del 90 % de los mejores actores del mundo séan norteamericanos. Es la máquina propagandística y mediática que consigue convencernos de ello.

Lo que realmente me inquieta de este “Hollywood profesional” es la fuerza de anulación de las ventajas competitivas naturales que consigue. Mi razonamiento está soportado en el hecho de que no hay nada más potente que las ventajas competitivas de una persona, cultura, región o país, etc.  En cierto modo es como si las empresas europeas compitieran con las mismas recetas y estrategias que empresas de Boston, Kansas o Texas. De esta forma anulamos las ventajas competitivas, unificamos filosofía y otorgamos una ventaja natural al emisor de los conceptos.

Este “Hollywood profesional”, nos hace creer al resto de países que no tenemos pensamiento ni filosofía propia para competir; que la excelencia de competir consiste en replicar los conceptos que ellos difunden, que nuestras ventajas competitivas autóctonas son peores que las suyas y que en consecuencia las dejemos a un lado y adoptemos otras importadas de su cultura.

En sí mismo esto ya es un acto de sumisión de nuestras empresas a las suyas. El “aparato propagandístico” hace que compitamos con elementos para los que no estamos 100% adaptados; es como si en la línea de salida de la competitividad les otorgásemos 10 metros de ventajas a las empresas y sociedades americanas. Silicon Valley, más que una zona geográfica, es un espacio mental.

¿Es casual que la mayoría de grandes consultoras estratégicas mundiales sean Norteamericanas o de origen sajón? ¿Es lógico que dichas compañías, aunque con consultores y personal autóctono del país donde operan, pero bajo procesos y directrices de origen, dirijan las estrategias de empresas y marquen las dinámicas del resto del mundo?.

Quiero remarcar en este punto, que en absoluto creo en confabulaciones mundiales que nos dirijan, pero sí creo que este hecho incide en no maximizar las posibilidades de empresas europeas. Que en su real dimensión el impacto que produce pasa desapercibido en nuestras economías. Quizás es más importante lo que dejamos de hacer influidos por sus directrices que lo que realmente hacemos: Dejamos de explotar nuestro espacio natural.

Competir no es replicar, por muy excelente que lo hagamos. Competir es tener criterio propio e imponerlo en los mercados.Creo en el pensamiento propio, en la filosofía propia, en definir y ejecutar estrategias “únicas”, basadas en la filosofía de cada uno y soportada por las ventajas naturales de un país, de sus regiones, de sus empresas y del conocimiento de las personas que conforman una compañía.  No creo en la réplica de conceptos,  en que la excelencia esté basada en la capacidad de igualar y aplicar procesos que han sido diseñados para otros entornos. Vivimos en un entorno sobreproducido, donde todas las compañías compiten bajo un concepto de anulación de las ventajas competitivas del otro y en consecuencia, en un mundo que cada vez es más homogéneo, igual y reducido. Un factor que lo hace cada vez más pequeño es la homogeneidad del pensamiento económico.

Obviamente no estoy defendiendo en este artículo que dejemos de lado el conocimiento de toda una clase académica, empresarial y económica; no digo que empecemos a gestionar como si el pasado y sus experiencias no hubieran existido, pero lo que si defiendo es que no hagamos de ello una máxima y una pauta de conducta a seguir a ciegas.

Lo que sí defiendo es el compromiso de los propietarios y gestores de empresa en gestionar bajo su “visión del mundo”, bajo su filosofía y criterio; en decirle al mundo “yo lo veo de este modo y si coincidimos…consume mis propuesta”. Soy consciente de la dificultad de esta afirmación, nada compromete más que definirse filosóficamente, nada exige más de un ejecutivo que gestionar con criterio propio, dejando de emular al referente sectorial o de pensamiento; pero estamos aquí para comprometernos y para tomar riesgos, solo de este modo avanzaremos entre la marea competitiva de los mercados.

Países como España cuentan con un entorno competitivo, social y cultural rico, potente y diferencial del resto del mundo; convivimos con él sin verlo, sin explotarlo y sin otorgarle la real dimensión que tienen. Las escuelas de negocio y el pensamiento competitivo reglado nos enseña que la competitividad está en otro lugar, en otros factores y en otras modas: Nos enseña a ser “vagones de cola”, a ser seguidores en vez de ser líderes.

Un claro ejemplo es el turismo, donde ejercemos un liderazgo sin ningún tipo de reconocimiento social. Trabajar en turismo no está bien visto ni cuenta con reconocimiento del entorno. Somos líderes en explotación pero no en gestión; España no cuenta con una industria del conocimiento potente que explote la experiencia y las prácticas que se realizan y le digan al resto del mundo “como lo tienen que hacer”.

Reivindico la estrategia hecha en “origen” por compañías y personas que entiendan y exploten las ventajas competitivas naturales, que sean capaces de dictar un pensamiento propio y que no respondan a consignas definidas a 10.000 km de distancia. Al igual que los buenos músicos que cuando componen  no escuchan música de otros; nuestros gestores y propietarios de empresas deberían marcar directrices propias y ser reconocidos por ello. Me gustaría pensar que somos tan capaces como cualquiera de dictar nuestro futuro y las normas que lo rigen.

Para ello es básico que reconozcamos el valor de lo autóctono, economías como la nuestra deben basarse en ello; nos han enseñado a competir “deseando ser  otra cosa que no somos”. Debemos encontrar nuestra posición natural en el mundo, aquella que nos corresponde y que nadie más que nosotros puede explotar y emular.

 

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